Conexión

La primera vez que vi a Rinpoché fue en 1998, cuando yo vivía en Manaus y trabajaba con informática. En esa época, tenía un absceso en el hombro y pasaba todo el tiempo arreglando y cargando máquinas con aquel dolor en mi espalda.
Una vez, pasé todo el día dopada con Cataflán. Tomaba Cataflán de dos en dos horas. Aquel día, Rinpoché iba a dar una charla en Manaus. Era la primera vez que iba a verlo. Yo no sabía quién era, no tenía la menor idea. A la hora de salir para la charla, dejé de tomar el Cataflán y me quedé con el dolor. La charla era cerca de mi trabajo. Llegué temprano, me senté y me quedé esperando a una colega de trabajo.
Entonces, llegó Rinpoché. Lama Sherab tenía bastante cabello y pensé “¡mi madre, qué pelero es ese!”. Rinpoché se sentó y pensé “¡mi madre, qué extraño que es!”. Hasta ese momento, yo no tenía todavía conciencia de mi dolor. Entonces Rinpoché comenzó a hablar. Habló, habló, habló varias cosas y aquello me fue calmando, aquello tenía mucho sentido. Rinpoché habló mucho tiempo. Yo me olvidé del dolor, me olvidé del brazo, me olvidé de todo y me puse a prestarle atención. Yo me fijaba en su barbita, en el ojito tan cómico que tenía, y hubo un momento en el que sentí algo en mi brazo. El absceso se había reventado. Yo ni quise saber, sólo quería saber de Rinpoché, sólo me puse a prestarle atención a él.
Cuando terminó, yo no me acordaba más de mi dolor, ni me acordaba que el absceso estaba escurriendo, ni nada. Rinpoché terminó de hablar y las personas le ofrecieron un katag (una bufanda blanca de seda). Después nos fuimos y sólo vine a acordarme del hombro cuando estaba dentro del carro de mi colega. Entonces le dije: “Yo estaba con dolor, no movía el brazo…” y luego moví el brazo y mi colega me dijo: “Eso fue Rinpoché”. Y yo le respondí: “Ah, está bien, fue Rinpoché”. Me quedé felíz porque, en verdad, había sentido una conexión con él, y eso permaneció bien presente en mí.
[Contada por Sandrinha Vinhales]